Drunk on tears.
Botella de ron en mano.
Música a todo volumen.
Totalmente rodeado de gente.
Pero a pesar de eso te sientes solo. Y te sientes así porque la única persona que te gustaría que estuviera allí, ha desaparecido. Y ha dejado una oscura huella en tu pecho, que parece estar penetrando en tu corazón.
Las notas de la melodía que se escucha de fondo parecen veneno recorriendo tu sangre, porque sabes que al final de la canción beberás otro enorme trago. Y también sabes que después de saborear el alcohol no saborearás sus labios, que, de hecho, son un millón de veces más adictivos. Es una droga de la que cuesta desintoxicarse.
Y comienzas a marearte y rezas a Dios, Buda y Alá que cuando te despiertes de ese desmayo lo primero que veas al abrir los ojos sea su rostro. Y te diga que no pasa nada. Que no pasa nada por estar borracho, asustado y deprimido.
Que su amor no se ha extinguido como lo estás haciendo tú.
Pero no ocurre eso.
Despiertas llorando. La gente ha seguido de fiesta. El ciclo no se ha detenido. Y para ti todo paró hace tiempo.
Sin embargo, necesitas gritar al mundo que todo fue un error. Que la rutina no te ha atrapado. Que ya nunca recuerdas los buenos momentos y que no sufres pensando en cómo eres ahora.
Y te das asco. Porque el alcohol nunca sustituirá el cariño que te daba, y mucho menos te hará olvidarlo. Porque te sientes frágil y sabes que esa música no tendrá sentido a menos que la acompañe su apagada voz.
Y porque hoy no va a ser distinto. Hoy vamos a emborracharnos a base de beber lágrimas.



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